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miércoles, 8 de octubre de 2008

ENTREVISTA: CAFISHOS ATRÁS, ATRÁS.


Una integrante de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) explica cual es la situación que viven hoy miles de mujeres en todo el país que tienen que ofrecer su cuerpo para poder vivir. Las Trabajadoras Sexuales de Argentina se organizan y cuentan su lucha...

-¿Por qué un Sindicato de Trabajadoras Sexuales?
-Con nuestro trabajo alimentamos a nuestras familias, el sindicato es importante para tener los mismos derechos y responsabilidades que tienen todos los trabajadores y trabajadoras del país. Queremos hacer valer nuestros derechos a salud, trabajo, educación, documentación y vivienda.
Estamos desde 1994, nos concientizamos de que somos parte de una clase que históricamente tiene los mismos sufrimientos que nosotras. Desde una Asamblea Nacional que realizamos en el 2002 nos reconocemos como trabajadoras sexuales en contra de ese término que nos denigra que es el de prostituta. AMMAR nace como una respuesta a los abusos que sufrimos por parte de la policía que muchas veces nos detiene injustamente. También sufrimos maltratos y discriminación. Esto ocurre en muchos lugares del país.

En 1995 se sumaron a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). “Esto ayudó a que abandonemos la automarginación y nos reconozcamos como trabajadoras” –dice esta mujer que accedió a esta entrevista pero prefirió no dar su nombre-. En 2006 obtuvieron personería jurídica como Asociación, lo que consideran un paso importante “porque tenemos reconocimiento por parte del Estado”. Su lucha continúa para que el Ministerio de Trabajo les otorgue personería gremial reconociéndolas como sindicato.
AMMAR cuenta con 2000 afiliadas en todo el país y, a través de distintas actividades, llega a más de 15 mil trabajadoras sexuales.

-¿Qué desaparezca el trabajo sexual es parte de sus objetivos?
-La dignidad no la hace la profesión. Nosotras sufrimos la explotación que cualquier mujer sufre en un sistema injusto y patriarcal. Las obreras textiles que trabajan en las maquilas ¿no son explotadas?, ¿por eso debemos considerarlas indignas?. Hay una diferencia entre ellas y nosotras, a ellas le explotan su cuerpo para fabricar ropa, a nosotras nos explotan nuestros genitales. Estamos en contra de cualquier explotación, por eso tenemos que organizarnos las explotadas y con nuestras herramientas, sin dogmas, elegir cual es el camino a seguir. Nuestro primer objetivo es que algún día no haya más mujeres que ejerzan este trabajo por necesidad, pero dejamos abierta la discusión para que, en ese futuro que soñamos, haya mujeres que igualmente quieran ejercer este trabajo. La solución definitiva a todos nuestros sufrimientos no es derogar un código. Eso, en todo caso, es un objetivo inmediato. Nuestro mayor anhelo es que el país sea igualitario, justo y democrático para que se cumpla la frase con la que nació el sindicato “AMMAR nace para quizás algún día morir”.

Por Martín Bustamante
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martes, 30 de septiembre de 2008

PROHIBIDAS TENTACIONES: UNA NOCHE EN EL CABARET


La tentación está siempre al acecho y en el marco de una noche de sábado en un cabaret, resistirse se vuelve casi imposible. Crónica de una noche en el cabarulo más caliente de Flores.

La noche del sábado, la madrugada del domingo, se va encendiendo de a poco. Hombres de todas las edades y mujeres de ropa ligera decoran el lugar. Casados, divorciados, separados, solteros y curiosos van poblando uno de los cabarets más conocidos del barrio de Flores, mientras que las chicas del lugar van de mesa en mesa en busca de negociar, al menos, un trago.
El paisaje lejos está de parecerse a Le Chat Noir, el primer cabaret que existió allá por 1881 en París, según cuentan los historiadores. En aquel entonces se trataba de una cita con la cultura, donde escritores, pintores y estudiantes de Bellas Artes acudían al cabaret para ver la actuación de cantautores. Hoy, casi 130 años después, el propósito del cabaret está alejado de la cultura: la búsqueda de la satisfacción física, visual y hasta muchas veces emocional es la principal motivación masculina. Para entender mejor las diferencias del pasado y presente, mejor describir el lugar. En una esquina, un escenario pequeño se alza a un metro al nivel del piso. Una silla y dos caños adornan el mini-escenario, donde mujeres de cuerpos tallados hacen acrobacias cada veinte minutos. En la otra esquina, una pantalla gigante de cincuenta pulgadas proyecta el canal porno Venus. En el medio, los clientes, consumiendo alcohol, charlando y mirando sin descaro a cuanta mujer pase por su lado. La trampa es la tentación. Pocos resisten. Hasta los simples curiosos se pueden dejar llevar...
Un hombre pelilargo de cuerpo robusto y remera turquesa frota el caño del escenario con un líquido que evita que la piel se deslice más de la cuenta. Ni bien termina su tarea, se escucha en el medio del bullicio y la música una voz por altoparlante: "Ha llegado el turno de Lisandrooooo...". Un joven y futuro esposo, que no llega a las tres décadas, sube al escenario y se sienta en la silla. El grupo de sus amigos que lo acompañan en la despedida de soltero lo arenga desde abajo. A Lisandro se lo ve distante y nervioso. En ese momento Carol (su nombre artístico, claro está), una morocha de pelo lacio y largo se sube al escenario. Un vestido salmón largo ceñido a su cuerpo marca llamativamente su figura celestial. La banda sonora es de los Rolling Stones. La canción es "Anybody seen my baby" ("¿Alguien ha visto a mi nena?"). Carol se deshace en piruetas y saca el mejor repertorio de la provocación para el agasajado (y para el público, lógicamente). Salvajemente, desabrocha la camisa de Lisandro y la arroja al piso. Acto seguido, Carol roza su cuerpo desnudo en el del futuro marido, ya despojado de los nervios y compenetrado en la exuberante muchacha de curvas sinuosas. A esta altura del show, el estribillo "¿Alguien ha visto a mi nena?" de los Stones parece ser una ironía. ¿Se habrá preguntado Lisandro por su verdadera nena en ese momento? La respuesta se la dejamos a gusto del lector.
"Te diría que el sesenta por ciento de los hombres que vienen acá son casados. Sólo el cuarenta por ciento es, supuestamente, soltero" comenta Flor al hablar de sus clientes. El show de Carol terminó y la atención se dispersa en distintos puntos. A un costado del escenario, cinco sillones blancos conforman el privado que en realidad no tiene nada de privado. Mientras Flor habla de sus clientes, en uno de los sillones un hombre de saco color crema y camisa celeste habla de manera relajada con una de las chicas del lugar. Lo que se ve confirma los dichos de Flor: el hombre, con un anillo en el anular, frota animadamente la pierna desnuda de la menuda muchacha de piel trigueña y cintura cuidadosamente trabajada en un gimnasio. Ella le susurra algo al oído y a los dos minutos desaparecen de escena. "Acá es así. Pagas cuarenta pesos y tomas algo con alguna de nosotras. Si pagas sesenta pesos vamos al privado y ahi hay franeleo. Sino, a los papeles directamente y vamos acá al lado solos media o una hora". Evidentemente el señor casado ya había pasado al tercer nivel y había ido directo a los papeles luego de un intenso franeleo. Flor seguía hablando y un muchacho, de no más de treinta, alza a una rubia encima suyo mientras sus dedos se acomodan en la cola de la chica. Franeleo al máximo. Y así, durante toda la noche, con actores de distintas edades e intereses, sigue el show de los sillones...
De eso se trata. Un poco de show, un poco de franeleo, mucho de miradas osadas (al final todo entra por los ojos, ¿no?) y a los bifes para todo aquel que quiera saciar el apetito sexual. El cabaret se encuentra al tope de su capacidad. Las barras y las mesas están repletas. Las chicas hablan, negocian y se divierten (o al menos eso parece) con los clientes. El reloj marca las cuatro de la mañana. La llama no se apaga. Una voz apenas se escucha por altoparlante que dice "...llegó el turno de Soledad...". Una rubia alta y cuerpo perfecto entra al escenario y se sube al caño con una sugerente pirueta que sorprende a más de uno. Los ojos de los espectadores se encandilan nuevamente. Los distintos momentos que propone el cabaret se siguen engranando casi imperceptiblemente, como una perfecta maquinaria de la tentación prohibida.


Por Fermín Romero de Torres
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